El hombre invisible.

Se acerca, me ofrece un paquete de clínex. Es pequeño, de piel oscura, posiblemente por la suciedad o las muchas horas pasadas al aire libre. El pelo, encanecido por las sienes, es una masa pastosa que le cubre parte de la cara.

Muchas veces he visto a otros realizar el mismo acto, pero en esta ocasión hay algo distinto. Camina entre los coches, ofrece los pañuelos de papel, pero no hay convicción en la acción. No alarga el brazo, lo mantiene protegiendo su cuerpo, es la mano la que apunta a uno u otro coche alternativamente. Los ojos, normalmente incisivos en estas ocasiones, rehúyen los de los conductores. Arrastrando los pies, se va desplazando a lo largo de la fila de automóviles detenidos.

Cuando, tras haber constatado que nadie le ha comprado un paquete, le veo volver a su puesto inicial. Me llama la atención el rictus de su boca. Podría pensarse que alguien dedicado a tales lides estaría acostumbrado al desprecio y la conmiseración de los demás, pero en su cara leo tristeza y sufrimiento.

 Sufre porque es un hombre invisible.

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